A las tres de la mañana

Rústico, esa es la palabra que definía mi estilo de juego. Para nada mal intencionado, eso sí, era de poner “pierna fuerte”, como dicen en la tribuna. A los 22 años debuté en primera del Livorno, jugué la mitad del torneo como titular con el 4 en la espalda. La bonhomía económica de esos años permitió traer jugadores del extranjero, a mi puesto llegó un holandés: Jools Von Brokem.

Fui suplente una buena tanda de encuentros, logré ingresar en algunos partidos faltando pocos minutos para el final. Confieso, sin vergüenza, que alguna vez, desde la propia hinchada me arrojaron varios objetos: un gancho para que cuelgue los botines,  percha para que dejara allí mi camiseta, tapa de inodoro (no merece aclaración alguna) y lo más insólito: una carta. El sobre cerrado cayó atado a una piedra. Cuando la vi me hice el distraído. Pero todo el estadio comenzó a gritar “Levantala, levantala”. Al hacerlo, recibí una ovación. En el vestuario constaté el texto de la misiva: “Retirate, ladrón”.

Ese torneo peleamos el descenso. A mitad del campeonato echaron al técnico y trajeron al Profesor Rabbaglia, un tipo flaco al que le faltaban algunas piezas dentales y a quien se le reconocían dos cosas: por un lado la insistencia en trabajos tácticos y su obsesión por analizar los partidos de cada rival.

Fueron 17 fechas desesperantes. El Profe nos sentaba horas a ver partidos del rival. Invitaba a entender flaquezas de cada adversario. Antes de la charla técnica previa al partido nos hacía una evaluación sobre lo observado. La corregía. Nos ponía puntaje y ese puntaje, a veces, condicionaba la titularidad. Los resultados en el campo de juego no acompañaban. Recuerdo que en algún examen sacamos en promedio, 9.2. El partido lo perdimos como local 4 a 1. En el vestuario, el Profe nos acusó de hacer trampas durante el test. “Si entendieron tanto, si sabían tanto, ¿cómo hicieron para comerse cuatro?”, vociferó. Un búlgaro muy simpático que había traído como goleador (no hizo un gol en toda la temporada, pero contaba buenos chistes aunque el humor búlgaro es menos popular que el inglés) dijo en voz baja “alguien les sopló nuestras respuestas a ellos”. Por suerte para él, Rabbaglia no lo escuchó.

Faltaba un partido. Para evitar el descenso necesitábamos no perder (créase o no había equipos que jugaban tan mal como nosotros). Enfrentábamos al Trípoli, que peleaba el campeonato y lucía buen fútbol. Contaba con un tridente goleador  formado por el ruso Volatov, el griego Pappalescus y el alemán Arnold Bretner.

Rabbaglia decidió concentrarnos a todos desde el lunes hasta el día del partido. Organizó entrenamiento en triple turno. Durante la primera práctica llegaron las malas noticias: Jool Van Broken se desgarró. El médico le diagnosticó 25 días para recuperarse. Al Profe casi lo internan. Se tiraba de los pocos pelos que tenía, revoleaba contra el piso la gorra y maldecía en idiomas jamás oídos. Un colaborador le acercó la carpeta de estadísticas. Rabbaglia cruzó la cancha en mi dirección mientras miraba las planillas.

—Usted… A ver… ¿Cómo le digo? Usted nunca aprobó uno de mis test.

—Una vez sí —respondí fastidioso.

—Por eso nunca fue titular —siguió sin escucharme—, ahora no me queda otra que ponerlo entre los once.

No sonó halagador pero desde aquel día comenzó el operativo al que Rabbaglia llamó “Marcar al ruso”. Después del último turno me sentaba a ver videos de Volatov en el Dínamo y en el Trípoli FC. Los observaba en cámara lenta, cuadro por cuadro, analizando virtudes, defectos, movimientos de las piernas, la mirada. En mi cuarto las paredes habían sido empapeladas con fotos gigantes del ruso. Rabbaglia entraba antes de ordenar el descanso y decía:

—No lo olvide ni un minuto, éste es el hombre a seguir.

Las prácticas se volvieron más obsesivas con el correr de las jornadas. Al hombre que atacaba por mi sector en los entrenamientos (un moreno senegalés) lo habían vestido y caracterizado como al ruso. Camiseta, medias caídas, pelo rubio.

—¡Olvídese de que es morocho, véalo desteñido! —Gritaba el Profe desde el borde de la cancha.

Se incrementaron los test y con ellos mi mejora de puntaje. Rabbaglia no se calmaba. Me mostraba fotos de la nuca de distintos jugadores para que le dijera cuál era de Volatov. Me enseñó algunos insultos en ruso y me hizo escribir en un cuaderno, 500 veces, “Marcar al ruso”.

A las tres de la mañana del sábado previo al partido desperté asustado. Alguien estaba en mi cuarto. Quise encender la luz pero una mano me tapó la boca y apretó la cabeza contra la almohada.

—¿A quién tenés que marcar? —Era la voz de Rabbaglia. Aflojó la suerte de mordaza.

—Al ruso Volatov —respondí.

Lo escuché irse. En el desayuno el Profe se acercó con una sonrisa campechana.

—¿Soñaste con él?

—No —mentí.

—¡Carajo! —Se quejó—. ¿Para dónde engancha en el 72,3% de las veces?

—Amaga por la izquierda —tomé un sorbo de café, vi los nervios en la cara de Rabbaglia— y sale hacia la derecha.

No dijo nada y se retiró a su mesa.

Aquel domingo el ruso me superó sólo una vez, me rehice y no le dejé tirar el centro. Volatov estuvo tan enceguecido por superarme a su manera que no advirtió mis limitaciones. Igual perdimos 1 a 0. Nos fuimos a la B. Jugué cuatro años en el Livorno, después pasé a un equipo del ascenso francés y me retiré jugando en la liga de Marruecos. Puse una cadena de carnicerías y abandoné el fútbol para siempre. Al día de hoy me despierto en las madrugadas creyendo escuchar la frase: “A quién tenés que marcar”. Prendo la luz, miro el retrato del ruso junto al velador y digo: A Volatov.

A veces mi mujer despierta y me pregunta qué pasa.

—Nada —digo. Giro en la cama y vuelvo a dormir.

 
Por Marcelo Rubio
 

Escrito por Marcelo Rubio

Escritor argentino nacido en 1966. Autor del libro Bajo el signo de Eva (Textos Intrusos) y de la novela Lo que trae la niebla (Indómita Luz).

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