El día en que no hubo viento

Despierta y grita. Se apoya sobre los codos y agranda la boca en busca de aire. El reflejo intenso de la mañana sobre las paredes blancas le arruga los ojos. Se sienta, apoya los pies en el piso de madera polvorienta. Hay olor a goma quemada.

El día en que no hubo viento

En un rincón se amontonan latas vacías de conserva, algunas ya manchadas por el óxido. Una mosca (¿cómo llegó hasta aquí?) vuela en círculos atraída por el resto de sardinas olvidado sobre la mesa. Le arde el estómago, como todas las mañanas, y todas las noches. Se pone los mocasines. Nada más. Ya es una costumbre dormir vestido. El calor llena su cuerpo de humedad. Siente el pantalón pegajoso. Va hasta la mesa y toma una libreta de hojas amarillentas para anotar: pantalón.

Entra al baño. El ambiente ácido le estalla en la cara, hasta que, piadosamente, su nariz vuelve a congestionarse. La orina sale como un chorro filoso. Se rasca la barba frente al espejo. Por puro instinto, su mano va a la canilla buscando el agua que ya no existe. Limpia los párpados refregándose los dedos. Mira el peine sobre la pileta, envuelto en cabellos negros, largos; en un tiempo olían a mujer. Virginia. ¿Hace cuánto? Una casa vieja y llena de viento. Estufa encendida. Ritmo de bajo haciendo vibrar el parlante. Un colchón amplio y ruidoso cuando los dos se abrazaban en el medio. ¿Hace cuánto?

Cruza el pasillo. Sobre la puerta una F de bronce dorado. Entra al departamento, más estrecho que el primero. No hay muebles. Por todos lados se apilan botellas vacías, vajilla sucia, diarios viejos, vendas, sobres de ibuprofeno, tintura de yodo. Sólo dos latas de conserva (una de arvejas y otra de peras en almíbar). Menea la cabeza, como si se dirigiera a alguien. Saca la libreta del bolsillo y anota: comida.

Vuelve al pasillo. Frente al ascensor hay un letrero pintado en la pared. “Piso 19”. Abre la puerta del departamento H. Otro living despoblado. El dormitorio. Un montón de ropa desparramada sobre la alfombra. Encuentra un pantalón corto, blanco, la luz que llega desde el balcón lo hace brillar. Mira la pared. Increíblemente lejana. Un dormitorio enorme, vacío. No había entrado allí desde que rompió la cerradura a patadas y Virginia lo ayudó a sacar camas, sillones, mesas, televisor, biblioteca, para cargarlos escaleras arriba hasta alcanzar la terraza y hacer quién sabe cuántas fogatas con la esperanza de que pasara un avión o contestasen desde algún otro edificio.

Nunca vino ayuda. ¿Estarán todos muertos?

Regresa a su cuarto en el departamento C. Sobre la mesa hay una galleta de sémola. Mastica sin ganas, tiene la boca seca. Le cuesta tragar. Se acerca a la ventana, levanta el vidrio. Afuera el aire está caliente y quieto. La masa blanca se extiende hasta el horizonte. Escupe un pedazo de galleta que cae internándose en la nube. Sí, la nube. Está tan cerca que si se estira hacia abajo podría alcanzarla con la punta de los dedos. En un principio tuvo miedo de que esa niebla ascendiese para inundar el cuarto, pero no, nunca abandonó su nivel; permaneció así durante mucho tiempo, quizás, desde aquellos días en que empezaba a formarse. Entonces, la avenida era una muchedumbre de axilas empapadas. Él caminaba pesadamente, marcando la suela sobre un asfalto pegajoso. Ni una gota de viento, pensó. Podía sentir una ampolla quemándole la planta del pie, pero caminaba sin detenerse. Hasta que el tránsito lo arrinconó en medio de la calle. Una corriente de paragolpes casi rozándole las piernas; endureció el cuerpo, apretó el portafolio negro contra las rodillas, vigilando el paso de los autos como si eso pudiese evitar que lo llevaran por delante. El camión vomitó un humo espeso haciéndolo toser. Por fin la tregua roja del semáforo.

Virginia le alcanzó otra lata de cerveza helada y se sentó junto a él en uno de los sillones de mimbre que había en el patio de la casa vieja. Él abrió los ojos. Un sabor amargo y espumoso le refrescó la boca. Estiró el brazo, apoyando la mano sobre una pared llena de globitos de pintura. Húmeda. Como la cara de Virginia, húmeda y cansada. Una vaga sensación de vacío empezó a inquietarlo. El patio le pareció más silencioso que nunca, y no entendía por qué.

“¿No sentís algo raro?”, preguntó ella.

Más que una pregunta era una confirmación, de veras había algo extraño.

“Sí, pero no sé”, dijo él. “No sé qué es”.

“Los gorriones”, se apresuró a develar Virginia con la vista clavada en el piso.

Él no tardó en darse cuenta. Los gorriones. No los vio picoteando las baldosas, metiéndose entre las macetas, peleando por un pedacito de pan. Virginia ya había regado las migas por el piso, pero esa tarde los gorriones no aparecieron. Encendió la radio buscando música. La voz del locutor sugería evitar el uso innecesario de vehículos particulares debido a la intensa cantidad de polución registrada sobre la ciudad. Cambió de estación.

El día en que no hubo viento

Ahora también hace calor, pero ya no importa. Una botella de cognac se le cae de la mano y desaparece engullida por la nube.

Camina por el pasillo y se detiene frente a las escaleras. Abajo, la masa blanca lo cubre todo, como un animal pétreo y voraz, un depredador que le concede esos pocos metros para mantenerlo cautivo, confinado a esa isla de cemento. Se ajusta la máscara de buceo, la goma le aprieta la cara aislándole nariz y ojos; enciende la linterna. Lleva una bolsa de arpillera atada a un costado del cinturón. Aspira hondo, da un paso hacia adelante. Se detiene, cree no haber tomado suficiente aire, exhala y aspira nuevamente, llenando bien los pulmones. Empieza a bajar la escalera, penetrando en una viscosa capa de niebla. La oscuridad se va haciendo cada vez más compacta, apenas se alcanzan a ver un par de escalones bajo el difuso rayo de la linterna. Pero baja con cierta seguridad, lo hizo muchas veces. La espesa neblina le envuelve el vidrio de la máscara. Sabe lo que sentiría si abriese la boca y aspirase un poco de esa cosa, lo sabe, ha visto su efecto sobre esos cuerpos inertes, hinchados, violáceos, la cara llena de costras de sangre… Aprieta los labios con fuerza mientras sigue bajando. Piso 18. El pasillo parece el túnel de una mina abandonada, a punto de derrumbarse. El departamento H, su puerta cerrada para siempre. Una puerta prohibida que ya nunca debe abrirse. Llega al living del departamento G, pasa por el comedor, un reflejo fantasmagórico viene de la ventana dando a los muebles un aspecto borroso y amenazante. La cocina es amplia y oscura, tan oscura como aquella última noche: ¿hace cuánto? La luz cortada en todo Buenos Aires, la neblina dejada por centenares de coches producía un cosquilleo pegajoso en la nariz. Caminaban por una calle agobiante de calor, cuando vieron la puerta abierta de un edificio.

“Vení”, dijo él. “Entremos”.

“¿A dónde?”.

“Vamos arriba, a respirar un poco”.

“¿Estás loco?”, repuso Virginia. “Son un montón de pisos. No hay luz”.

“¿Y qué? Las escaleras no se apagan. Dale, ¿o sos flojita?”.

Y entraron. Y Subieron, entre divertidos y agotados. Descansaron bajo el aire algo más fresco de la terraza hasta quedarse dormidos. Cuando se hizo de día y los rayos del sol quemaban, miraron hacia abajo y ya no había una calle, sólo un inmenso océano de nubes que cubría hasta el horizonte dejando emerger otros pocos y lejanos peñones de cemento. Era como si el universo entero estuviese dado vuelta, como si una parte del cielo se hubiera despeñado… Empieza a sentir una opresión en el pecho, el impulso de respirar, de abrir la boca y que un viento fresco le llene los pulmones. Recoge rápidamente unas cuantas latas metiéndolas en la bolsa. Y corre, corre hacia la salida, pasando otra vez por el comedor lleno de esa luz fantasmal, tropieza con la alfombra arrugada del living y siente un dolor agudo en el tobillo, pero no hay tiempo, se levanta y rengueando abandona el departamento G, y avanza con desesperación por el pasillo, dejando atrás la puerta con una H de bronce amarillento, siempre cerrada, y trepa los escalones con el pecho convulsionado y los pulmones desinflándose, pegoteándose, reclamando aire, aire, aire, como aquel día en que escuchó un terrible alarido y corrió bajo la niebla hasta ese departamento H donde Virginia revisaba el dormitorio, y descubrió la carne putrefacta de una anciana en su silla de ruedas y más abajo el cuerpo de Virginia tirado sobre la alfombra con sus ojos tiesos tras el vidrio de la escafandra y la boca sanguinolenta abierta en una mueca de terror y sintió que el gas empezaba a invadir su propia boca y escapó de esa imagen y corrió como está corriendo ahora, corrió sin entender por qué en ese momento su vida era más importante que Virginia…

Llega al piso 19. Su cuerpo tiembla y se sacude en un ahogo de toses, y en postergadas ganas de llorar.

Está en su cuarto, recostado sobre el marco de la ventana. Huele a goma quemada pero no entiende por qué. Escucha de nuevo el zumbido de la mosca, volando incansable, posándose en la basura, volviendo a volar en un círculo interminable. A lo lejos, el pico de otro edificio se va oscureciendo, es posible que esté habitado, que haya alguien como él, esperando morir cuando no le quede nada. Su lengua juega escarbando las encías, sucias. Toma la libreta de hojas amarillentas y anota: escarbadientes.

Bebe el último trago y deja caer la botella vacía. Abajo, la alfombra de nubes empieza a teñirse con tonos rojizos. Sus crestas venenosas, en cambio, adquieren un extraño color violáceo. Es hermoso, piensa.

 
Por Eduardo Goldman
 

Escrito por La Mascarada

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