En el zoológico

Tengo siete años. Allí estoy, caminando por el zoológico de la mano de mi papá en mi paseo favorito. Ya desde chicos advertimos que la felicidad exige repetición, y eso era lo que yo le pedía a mi padre: volver a nuestro paraíso, a ese lugar donde habíamos reído juntos.

En el zoológico

Íbamos los dos solos. Mi hermana y él tenían, a su vez, otros paraísos que yo no compartía. Caminábamos tomados de la mano ―yo lo veía como un gigante de manos grandes y tibias― a paso lento, mientras él tarareaba canciones de películas viejas de Chaplin.

Papá, que en mi casa siempre andaba ensimismado y taciturno, frente a los animales parecía recuperar toda su alegría y su candor. Decía que los animales le causaban gracia.

Son seres tan curiosos, decía.

Le gustaba ponerles nombre y apellido y les hablaba de un modo muy serio, como si de verdad pudieran comprenderlo. Una vez me pidió que lo ayudara a elegir aquellos animales que más se nos parecían. Decía que él era un hurón, por la nariz. Y por el carácter.

Y esa pantera es tu madre, decía con orgullo. Hermosa como ella: el mismo porte, los mismos ojos verdes, la misma inteligencia.

Le pregunté cuál era yo.

―Aquella ardilla, la de pelo rojizo.

―¿Esa ardilla?

―Sí. Bonita y vivaz.

Me gustaba cuando mi papá decía la palabra “bonita”. La usaba mucho al dirigirse a mí. A veces, en medio de una charla, me interrumpía bruscamente, me miraba a los ojos y me decía:

―¿Se puede saber por qué usted es tan bonita?

Al salir del zoológico, nuestro paseo incluía tomar leche con vainillas en el bar de Don Huberto.

Nos sentábamos en la barra, sobre banquetas de cuero negro. Don Huberto sabía que nos gustaban los vasos altos y la leche con crema. En cuanto nos veía entrar gritaba, a modo de saludo:

―¡Marchen dos leches con crema y vainilla en vasos altos, dos!

Yo trataba de imitar a mi papá en su forma de introducir las vainillas en la leche.

―Hay que saber sacarlas a tiempo ―decía él―, para que no se deshagan.

Una tarde, de sorpresa, vino a buscarme al colegio. Me dijo que me extrañaba mucho y que le habían entrado ganas de llevarme al zoológico.

Era una tarde muy fría, con un cielo lleno de nubes. En el zoológico había poca gente y aunque no era de noche todavía, ya habían encendido los faroles.

Recuerdo que él llevaba guantes de cuero y una bufanda a cuadros. Caminaba con lentitud  y estaba más callado que de costumbre. Me llamó la atención que no se pusiera a conversar con los animales. Parecía distraído, como si estuviera pensando en algo. O en alguien. Muy lejos de mí.

En un momento me pidió que nos sentáramos un rato.

―Estoy algo cansado ―dijo.

Después me abrazó con fuerza.

―Mi bonita ―dijo.

Su abrazo era tan fuerte que sentí que me ahogaba un poco. Después dijo algo que me quedó grabado.

Lo dijo en voz baja, me acuerdo, y su voz tenía un tono apagado, como de niebla.

―Lo importante, bonita, lo importante, es no claudicar.

La palabra “claudicar” me resultó confusa. Me parecía haberla escuchado en la tele o haberla leído en mi manual de historia, pero no estaba segura de su significado. Sin embargo, me pareció una palabra muy bonita. Había palabras que no me gustaban para nada, como balde, trígono o betún. En cambio claudicar… era una palabra tan elegante, tan erguida. Me hacía pensar en palacios, en tronos, en la corona… (Con el tiempo comprendí que yo la confundía con la palabra “abdicar”).

Papá se había quedado callado. Lo miré.

Tenía la mirada fija en el piso y parecía haberse empequeñecido dentro de su sobretodo gris. Entonces lo abracé. Y le prometí que yo nunca renunciaría al reino. Nunca.

 
Por Silvia Arazi
 

Escrito por La Mascarada

Loading Facebook Comments ...