Hormiguitaz, una fábula cinematrográfica

Por casi sesenta años, The Walt Disney Company fue el amo indiscutible de la animación en el cine. Este acaparamiento o monopolización de la industria conllevó que entre el público se construyera una suerte de “dogmas”, promovidos por la misma empresa, alrededor de este tipo de películas: por un lado, se fomentó hasta el cansancio, y en distintas versiones, la historia de la princesa, el príncipe y la fuerza del amor; por el otro, se etiquetó a estas producciones como un género meramente infantil. La tumba de las luciérnagas (1988), de Isao Takahata, nos develó, además de los alcances artísticos de la animación, cuán errado estaba Disney, como años después haría del mismo modo Hayao Miyazaki con El viaje de Chihiro (2001). El gato Fritz (1972), de Robert Bakshi, es tal vez la primera película en tierras norteamericanas que rompe los paradigmas de Walt Disney, empero, por desgracia, no generó herederos que continuaran y plantearan alternativas en la animación tradicional estadounidense.

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No obstante, el verdadero punto de ruptura en la historia de la compañía de Mickey Mouse sucedió en 1995; ésta apenas resurgía de una crisis económica que amenazó con la bancarrota cuando Pixar realizó Toy Story (1995). El primer largometraje animado cien por ciento digital exigió para The Walt Disney Company no sólo una revolución temática, sino también tecnológica. Siguiendo un viejo adagio del mundo financiero, el cual reza: “Si no puedes con el enemigo, cómpralo”, Disney intentó adueñarse de Pixar desde los tiempos en que éste se dedicaba al hardware, pero fue desdeñado, aunque décadas después se consumó el plan original, no sin antes participar en conjunto para la realización de películas, algo que Disney no hacía.

Pixar con Toy Story abrió un nuevo camino en la historia del cine animado y en el mercado, pues otras compañías buscaron cabida en este naciente tipo de animación. Dreamworks fue otra productora que apostó por este tipo de cintas. Su primer proyecto fue Antz (1998), que comercialmente no fue un fracaso aunque tampoco un gran éxito, si lo comparamos con los taquillazos que tuvieron sus rivales durante los últimos años de los noventa.

Hormiguitaz, una fábula cinematrográfica

Antz u Horiguitaz, en español, es una cinta que guarda distancia de las de otras productoras; aunque Pixar con Toy Story pretendió lo mismo, no se puede negar que aún guardaba un tufo de Disney, puesto que la compañía de Mickey Mouse fue participe en la producción del film, lo que de algún modo explicaría por qué la existencia de escenas musicales, además de instaurar la clásica canción que se vuelve emblema de la cinta y que se queda en la retentiva del público.

El único parangón que encuentro con Antz es la adaptación animada de Rebelión en la granja (1945), ya que ambas son películas sencillas, mas no simples, en cuyo trasfondo se entretejen temas complejos, sombríos, enmascarados detrás de una historia aparentemente infantil. A pesar de apuntar que Hormiguitaz también contiene el tópico de la princesa y el príncipe (o el mendigo en este caso), es claro que dicha historia está subordinada a una de mayor grado, que es la que nos atañe.

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Antz nos cuenta la vida de Zeta, una hormiga obrera desencantada con su posición en el escalafón del hormiguero, pero al mismo tiempo es idealista, ingenua, divertida y soñadora. Paralela a la historia de Zeta, está la del General Mandíbula, la máxima figura de autoridad de las hormigas militares, quien está fraguando derrocar a la reina y fundar una nueva colonia. Estas dos tramas en apariencia bifurcadas se conjugarán en un momento determinado para acentuar aún más el trasfondo político e incluso filosófico que contiene el largometraje.

Zeta parece ser el único disconforme del sistema que divide a las hormigas en dos grupos desde su nacimiento: obreros y soldados, sin ninguna posibilidad de alterar esa decisión. Este disgusto de Zeta lo convierte a los ojos de los demás en una hormiga rara, paria; pese a ello él continúa enunciando sus reflexiones con una fuerte dosis de crítica en las que nadie parece reparar, más bien son tildadas como tonterías. Esta característica lo emparenta con los héroes de Farenheit 451 (1953), Nosotros (1924), Un mundo feliz (1932) y, por supuesto, 1984 (1949), no por nada argüía antes una comparación con la adaptación fílmica de Rebelión en la granja. Asimismo es más que obvio que el protagonista se llame Zeta (Z-4195 en realidad), ya que esto acentúa todavía más el ambiente en el que se desarrolla el personaje, un espacio sofocante y represor.

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Dos momentos que ejemplifican de manera perfecta lo dicho con antelación son la escena en el bar y con los militares. En la primera, Zeta expresa sin tapujos su desaprobación por la programación del baile colectivo, pues lo vislumbra como un modo de sumisión, oculto detrás de un llano divertimento: “Montón de perdedores; zombis sin voluntad, rindiéndose a un sistema opresor…”. ¿Acaso esto no nos recuerda los dos minutos de odio de 1984?, obviamente algo más dulcificado que en el libro de Orwell… Irónicamente, es con esta actividad que Zeta inicia el camino de su rebeldía inconsciente. El protagonista decide improvisar pasos de baile para impresionar a una chica, rompiendo así la coordinación y la postura casi castrense de los otros participantes, con esto se desata tanto la curiosidad como la ira de los otros, catalogándolo de alborotador.

Su segunda desobediencia social es la usurpación de un rol militar; motivado no por una sedición, sino por seguir su fijación amorosa por la princesa de la colonia. Rumbo a la guerra, el personaje nos muestra que, pese a estar divididos en obreros y militares, el ambiente de ambos grupos se conecta por la falta de autodeterminación y pensamiento individual. Camino a la batalla contra las termitas, Zeta vuelve a lazar un comentario crítico: “¿Por qué no tratamos de influir en su proceso político con contribuciones de campaña”. Es curioso, sin dejar su dosis de sátira, que una hormiga proveniente de una estructura sociopolítica sin democracia hable de ella. Tras la batalla entre insectos, el protagonista vuelve a tener un momento reflexión. Ante la muerte inminente de un compañero, Zeta descubre las consecuencias de una falta de pensamiento propio.

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La crisis existencial de Zeta no es más que la problemática del individuo incrustado en un determinado sistema de gobierno. La búsqueda de Insectopía ―clara referencia a la Utopía de Tomas Moro, ese lugar ideal y de escape que a veces es más un mundo interior que nada, pensemos en el final de Brazil (1985)― por parte de Zeta agudiza aún más las características del personaje paria y rebelde. Si bien la insatisfacción e inconformidad personal son los motores para generar el pensamiento crítico, el flirteo con la princesa es el detonador que lo hace actuar no por iniciar una revolución social, sino por concretar una relación de pareja.  No es azaroso que sea el amor el motivador para que Zeta emprenda acciones disidentes, puesto que, en muchas de las obras distópicas mencionadas antes, el encuentro con otra persona genera en el protagonista una actitud de empatía hacia el/la otro(a), pero también de riesgo al no saberse ya solo. Para el héroe romántico, como para el héroe distópico, el amor es uno de los tantos elementos que lo conforman y que catalizan sus anhelos y deseos para concretarlos en la realidad.

No obstante, sin buscarlo o desearlo, el comportamiento insurrecto Zeta se propaga por toda la colonia, fomentando así una conducta de sedición en el resto de sus congéneres y que su figura sea concebida como una fuente de inspiración. Es aquí entonces que se interseca la historia de Zeta con la del General Mandíbula, el antagonista de la película. Esta hormiga militar, representa al típico dictador obsesionado con el poder, un líder fascista, pues niega a las hormigas obreras la condición de iguales, los vislumbra como inferiores y un lastre que impide el avance del hormiguero, mientras que a la reina la percibe como una figura de autoridad débil y condescendiente a la que debe eliminar para conducir a la colonia a una época de esplendor. El sueño del General es la creación de un hormiguero “fuerte”, es decir, militar, el cual dirigirá con mano dura.

El plan para exterminar a todos aquellos a quienes considera prescindibles se ve estropeado por la intervención repentina de Zeta. Ante la frustración de verse derrotado, Mandíbula lanza una frase que resume la personalidad de cualquier dictador: “Yo soy la colonia”.

Hormiguitaz, una fábula cinematrográfica

En Hormiguitaz es fácil advertir la crítica a los sistemas de gobiernos antidemocráticos, aquéllos que suprimen cualquier impulso que se salga de la norma. Tenemos por un lado la monarquía; y por el otro, la dictadura. Aunque no sean sistemas contemporáneos tampoco son excluyentes, pues los dos se manejan bajo una figura única de poder incuestionable. Es por tanto que la derrota del General Mandíbula supondría a primera vista un triunfo fútil, intrascendente, pues de modo implícito se abogaría por retornar sin ningún cambio al antiguo régimen, lo que no estaría en discrepancia, pues en la mayoría de las novelas distópicas el final de los protagonistas no es tan favorable, ni hay cambios de fondo. Aunque existirán algunos que discreparán con esto, pues casi al concluir la cinta a las hormigas obreras, como epifanía, les llega la conciencia de clase, se reconocen como una fuente primordial dentro de la estructura del hormiguero. Podría aseverarse, entonces, que sí hubo un cambio social.

Sin muchos detalles, la película remedia esta discusión con el pequeño soliloquio de Zeta, que es al mismo tiempo, como buena fábula, la moraleja del relato: “La típica historia: el chico conoce a la chica, la chica se enamora del chico, el chico cambia el orden social […]. Por fin siento que encontré mi lugar, y ¿saben qué?, fue donde comencé, pero con la diferencia de que esta vez… yo lo elegí”.

 
Por Raúl Reyes
 

Escrito por La Mascarada

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