Retrato íntimo: Un duelo de amor (El Gran Danés y la escritora)

Tenía que ser un error, una burla o una locura… Él y yo jamás estuvimos juntos en La Habana, aunque muchas veces habíamos soñado con la posibilidad de cazar mantarrayas en el mar Caribe, de bailar con las aguas malas en las orillas de las playas largas y correr desnudos bajo las estrellas en una noche de luna llena, para comprobar el influjo de las mareas y desmitificar a los hombres lobos y las brujas solitarias.

Retrato íntimo: Un duelo de amor (El Gran Danés y la escritora)

Es cierto que cada uno por su parte, y en diferentes momentos de nuestras historias personales, habíamos desandado la ciudad de las columnas, aquella majestuosa que Carpentier inmortalizó en el imaginario del mundo, y que otros tantos, en fechas más recientes, se han encargado de aniquilar, como si se tratase de un pueblito perdido que se lo lleva el diablo.

Yo solía correr en el invierno habanero por el malecón, desde el Castillo de la Fuerza hasta el de la Chorrera, evocando el viejo pasado bucanero de la urbe, a veces sin detenerme durante horas, pese a mi delgadez extrema. La brisa marina me hacía bien y me inspiraba.

El Gran Danés, en cambio, venía en los veranos a sofocar su inmarcesible sed a los bares citadinos, con mojitos elaborados, en historias precontadas, por alguno de aquellos personajes que hoy forman el anecdotario capitalino: Hemingway, que se había suicidado antes del primer amanecer de un año bisiesto;  el Caballero de París, que quedó inmortalizado a las puertas del Convento de San Francisco de Asís, donde los niños desgastan su dedo mágico y las palomas cagan en la maraña de pelos de bronce; Chopin que, se dice, visitó las entrañas de La Habana a escondidas tras las faldas de una rubia teñida, o el propio Barbarito Diez, cuyos sones retumban solitarios en las marítimas noches de la nostalgia.

Sin embargo, aquel cuento que pertenecía a una antología de relatos contemporáneos nos ubicaba allí, sobre las arenas de un litoral que jamás habían tocado ni mis pies diminutos, ni sus gigantes zancadas. El relato hablaba de un encuentro a hurtadillas en el que desenvainamos las espadas y nos sometimos a duelo de orillas, como si no tuviéramos nada más interesante que hacer.

Mi espada, y eso todo el mundo lo sabía, era mi pluma de faisán. Por lo demás, yo era y sigo siendo totalmente inofensiva, amante del sosiego y acreedora de la paz que el arte me ha prodigado. Mis batallas estaban en el papel, a veces en el sueño donde ocurrían heroicas gestas que al amanecer había olvidado por completo.

Su puñal, en cambio, era su lengua, larga y perruna, con la que devoraba hamburguesas y hería a los osados en un desafío de palabras casi nunca dichas, porque la victoria solía dormir al dorso de sus colchones.

Retrato íntimo: Un duelo de amor (El Gran Danés y la escritora)

Nunca tuvieron que batirse su daga y mi sable. Lejos de eso, solían luchar juntas por algunos versos, numerados paradigmas y los ideales que aún nos quedaban, entrados en el siglo XXI, que no eran tantos.

Pese a que esta que cuento es la auténtica verdad, allí estábamos, atrapados en un libro, sin comprender qué causalidades nos reunieron justo en la página cuarenta y dos.  Y nos enfrentábamos el uno al otro, sin razón, mientras los altos violines de Vivaldi anunciaban la Primavera, y las hormigas desfilaban sobre nuestros pies, con pancartas y bocinas, en llamado de atención, haciéndonos ver la inutilidad de la afrenta y reclamando, por supuesto, la atención que su causa nos exigía cada vez con mayor fiereza.

El Gran Danés y yo nos mirábamos, con ánimos retadores, con los ojos a media asta, perturbando el imperturbable horizonte con el filo de los párpados. Él resoplaba, gemía, sudaba por el hocico y las piernas. Yo temblaba ante la desventaja, transpiraban las manos, los pies, y estaba a punto de entrar en un ataque de asma, que tal vez me hubiera salvado del enfrentamiento con cierto decoro. Pero no me lo permitió. Se lanzó sobre mí, clavó su lengua en mi garganta, rasguñó con sus pezuñas mi abdomen, desenvainó su puñal y me lo enterró en el único sitio donde no había remedio, dejándome desarmada y vulnerable: el corazón.

No tuve tiempo de defenderme, de golpearlo al menos con el dorso de mi espada, de aprovechar su talón de Aquiles, que era un lugarcito blando debajo de las costillas, que yo bien conocía. Había aprovechado todas sus ventajas. Las terminales poético-metafísicas, que asistirían cada uno de nuestros pasados y futuros encuentros, dispararon las alarmas, las bombillas se fraccionaron con el movimiento telúrico que abrió un boquete entre los siete mil cuatrocientos kilómetros que en verdad nos separaban, y destajó las distancias.

Los personajes, nosotros, caímos abatidos de la página al suelo; abandonamos las líneas antológicas, y resultó ser cierto que, por primera vez, estábamos juntos suspirando por los callejones de la Vieja Habana, liberados de la tinta y las polillas.

Este cuento, ocurrido algunos años antes de nuestro inaugural encuentro en el verano porteño, era el acto absolutorio de una historia que alguien más había escrito, juntando nuestros destinos literarios para siempre.

 
Por Gabriela Guerra Rey
 

Escrito por Gabriela Guerra Rey

Escritora y periodista cubano-mexicana. Reside en México desde 2010. Autora de 'Bahía de Sal', premio Juan Rulfo a Primera Novela 2016 (Huso, España, 2017 y Huso-Hiperlibro, México, 2018). Recientemente publicó 'Luz en la piel. Cinco voces de mujer' (Huso, España).

Loading Facebook Comments ...