De los profetas y la literatura

En el “Libro Segundo de los Reyes”, Jeremías describe la asunción de Elías en un torbellino de fuego, esto sucedió después de partir el río que le impedía continuar su camino con Eliseo, su escolta.

De los profetas y la literatura

El profeta de Tisbé de Galaad, sabiéndose requerido en el cielo, le concede a su ayudante el doble de su poder profético. “El espíritu de Elías, está sobre Eliseo”, exclamaron en Jericó al ver como se duplicaba el milagro ocurrido en el Jordán.

Pensemos ahora en esa imagen del Antiguo Testamento. Así como la formación de nuestra personalidad tiene miles de complejos accidentes, pero un sólido núcleo, muchos escritores de libros no tan sacros descubren que una parte de ellos no les pertenece, les ha sido otorgada de formas tan simples que parecen antinaturales: el insomnio, la primavera, una mujer, los sonetos de Shakespeare; prácticamente todo puede convertirse en el génesis de su voz. Teofrasto sucede a Aristóteles en el liceo, Baudelaire es la reencarnación de Edgar Allan Poe, Joyce levanta un altar en honor a Ibsen,

Para Heschel, un profeta no es sólo un hombre influenciado por Dios, es su cómplice. A través de él habla el Espíritu, pero esas dos voces no siempre están de acuerdo. Más que su inspiración se trata de una irrefrenable enfermedad que tiene perpetuamente intranquilo al portador del don. “Aprisiona tanto el amor como la ira de Dios”, y la única forma posible de liberarse de esa afección divina es el lenguaje. El profeta sufre ante la abrumadora presencia de Dios. Esto es antídoto a la insensibilidad y la desatención espiritual en la que el hombre ha decidido vivir, pero el precio que debe pagar para expresar la voluntad de Dios es muy alto. Así, “el deber del profeta es hablarle al pueblo” pero Dios no le otorga un argumento sofista o intrincadas retóricas para embaucar, los ornamentos son irrelevantes y los profetas son maltratados, exiliados a la soledad por el mismo pueblo que intentan redimir, me refiero específicamente al caso de Jonás y Nínive.

De los profetas y la literatura

Cuando el autor se refiere a que “la palabra del profeta es un grito en la noche” refleja la misma desolación que el ateísta Stephen Dedalus manifiesta al hablar de Dios en el Ulysses: “That is God…. a shout in the street”. El sensible sufridor cósmico cuyo deber es hablarle al pueblo sobre su conducta y condición está solo frente a su tarea. No es un “eminente conductor de muchedumbres”, como diría Carlyle, es el hombre ante el umbral condenado (por Dios y por sus oyentes) por ser el portador de la verdad.

A menudo nos quejamos de la falta de una figura que sea el estandarte del pueblo, que sea nuestra voz y nuestra conciencia y nuestro espíritu. Olvidamos que ése Héroe Poeta forzosamente tendría que ser también un mártir. Un hombre sin vínculos que pudieran ser usados para el chantaje, sin sentimentalismos que podrían refrenarlo al tomar decisiones comprometedoras, donde se debe elegir entre los pocos o el bienestar general, en suma, un filántropo que se resigne a la vida de un perseguido. La sociedad propone un mito para deslindarse. No es que hayan muerto los profetas, la voz que escuchan, y que les pide que transmitan, simplemente no es alentadora.

 

Por Jesús Martínez

Escrito por Jesús Martínez

“Sutiles cuestiones trato, resoluciones graves comprehendo, perfectos libros amo”.

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