La cuestión del misterio: El fiscal de Antonio De Petro

La cuestión del misterio: El fiscal de Antonio De PetroUna querida amiga dice que soy su amigo más raro. Entre las abundantes instancias de dicha rareza se encuentra mi hábito de memorizar poemas. El proyecto de memorización más reciente en el que me he embarcado estuvo constituido por diez sonetos italianos de diferentes épocas. El sábado pasado por la mañana terminé de memorizar el último de esos diez sonetos. Se trataba de “In morte di suo padre”, de Ugo Foscolo. Pensé entonces en lo curioso que resultaba tener en mi mente, palabra por palabra, catorce endecasílabos en italiano procedentes de la pluma de un poeta acerca de quien no sabía absolutamente nada. Más tarde, ese mismo día, iba en un camión rumbo a un bosque de Morelos. Me puse a leer la novela que tenía que presentar el día de hoy. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me topé con que uno de los personajes de la historia se llamaba precisamente Ugo Foscolo (“como el poeta”, decían al referirse a él). Se trata de una simple casualidad, pero marcó mi lectura de El fiscal. Trataré de explicar por qué.

Esta novela gira en torno a una serie de crímenes sobre los que no daré más información que el hecho de que dejan perplejos a los encargados de desentrañarlos. Podríamos concebirla como una pieza de literatura policíaca, pero es, en todo caso, un ejemplo de ese género que explora cuestiones mucho más profundas que las minucias del crimen mismo, tal como ocurre con El nombre de la rosa de Umberto Eco o con Ciudad de cristal de Paul Auster. En este caso la cuestión profunda es la posibilidad misma de desentrañar misterios, no sólo los emanados de las transgresiones de la ley, sino misterios en general y, tal vez, el Misterio, en mayúscula.

Los títulos alternativos de El fiscal son reveladores en este sentido: La evidencia y la razón, La excepción a la regla. Estamos ante una exploración literaria de una excepción a la regla de que basta con tener la evidencia ante los ojos y usar esa óptima y cuasi divina facultad que llamamos razón para llegar al fondo de cualquier arcano.

Otra manera de plantear el problema que ocupa a Antonio de Petro es decir que se dedica a evaluar los límites de la ciencia. En el capítulo 13 del texto se menciona un sueño en el que el fiscal dice: “La ciencia lo puede explicar todo”. Esta narración es precisamente una refutación de esa proposición.

No es de extrañar que encontremos un vínculo entre la ciencia y la literatura policial. El primer capítulo de la novela El signo de los cuatro se titula “La ciencia de la deducción”. En él, Sherlock Holmes explica al siempre perplejo Watson cómo la observación es sólo un paso inicial en la labor detectivesca, mientras que la deducción es una labor minuciosa y científica de rastreo de cadenas de causalidad. La época en la que Conan Doyle dibujaba a su excéntrico detective consultor que podía hallar los patrones subyacentes a cualquier escena del crimen fue la misma época en que el positivismo creía que la ciencia podía hallar los patrones subyacentes al funcionamiento de la naturaleza. Así, los detectives de la literatura han cargado la herencia de su antepasado de Baker Street como los representantes de la ciencia de la deducción.

La cuestión del misterio: El fiscal de Antonio De Petro

En la actualidad no estamos ya (o no deberíamos estar) inmersos en una atmósfera intelectual positivista. La ciencia ya no es para nosotros el aparato último para el acceso impoluto, certero e inamovible hacia el saber y la comprensión. Conocemos la teoría de los cambios de paradigma científico de Thomas Kuhn, los teoremas de incompletud de Gödel, la lógica paraconsistente. Más aún, en niveles menos especializados, podemos preguntarnos si las explicaciones que nos ofrece la ciencia en efecto son tan absolutas.

Sirva para discutir este problema una analogía que llegó a mis manos (también por casualidad) el viernes pasado, el día en que empecé a leer El fiscal: el antropólogo Edward Evan Evans-Pritchard (“The Notion of Witchcraft Explains Unfortunate Events”, 2010) cuenta cómo entre los azande del centro de África muchos tipos de eventualidades se explican como causados por brujería. Por ejemplo, un muchacho se tropezó con un tronco y se hizo una cortada en el pie, la cual se infectó. La víctima del accidente aseguraba que había puesto toda la atención del mundo al caminar, de modo que el tropiezo no se había debido a un descuido, sino a la brujería, que también era la causa de la infección, porque su herida había tardado más de lo normal en cerrarse. Por supuesto, el muchacho sabía igual que el antropólogo que la causa de la herida había sido el hecho de tropezarse, pero asignaba una causa ulterior a su mala fortuna. A esto los azande le llaman umbaga “la segunda lanza”, porque un evento puede producirse de acuerdo a una relación de causalidad definida (tropezarse con un tronco, hacerse una cortada, que la cortada se infecte), pero la brujería es una causa yuxtapuesta, que funciona como la lanza del segundo cazador que hiere una presa.

Nosotros sabemos que la gravedad es la causa de que todo objeto que es soltado desde la torre de Pisa caiga al suelo. Sabemos que un corcho flota en el agua porque tiene menor densidad que el agua. Sabemos que el día y la noche se alternan debido a la rotación de la Tierra. Pero ¿por qué las leyes que rigen el universo son éstas y no otras? Hay dos respuestas posibles: Dios o el azar. Cualquiera de los dos sería la “segunda lanza” de la ciencia, y cualquiera de los dos es igualmente inefable e inexplicable. El Misterio con mayúscula se mantiene.

La perplejidad de los personajes de El fiscal ante los crímenes en cuestión es la perplejidad de la ciencia de la deducción ante la imposibilidad de dar cuenta de todos los hilos de la trama criminal humana, así como la perplejidad de la ciencia en general ante la imposibilidad de desentrañar la causa última de la existencia de las leyes que tan acuciosamente ha enunciado.

Quizá porque el Misterio flota como una niebla a lo largo de toda esta obra de De Petro es que necesitamos los faros de los coros. En efecto, como los futuros lectores podrán constatarlo, entre un episodio y otro de los hechos criminales un coro nos habla con palabras sentenciosas sobre las magnas implicaciones de lo que hemos presenciado y vamos a presenciar. Este recurso proviene de la tragedia griega, donde ya servía para acompañar al público en su exploración de los intersticios más oscuros de lo humano, para guiarlos hacia la consabida catarsis dionisíaca.

Mi catarsis al leer El fiscal fue encontrar la tan improbable coincidencia del nombre Ugo Foscolo y vincular ese hecho con la reflexión en torno a las limitaciones de los afanes detectivescos y de los afanes científicos. Mi catarsis consistió en toparme de frente con el rostro de la pregunta mayor, con el Misterio, a través de una historia de muerte y laberintos. Se trató de una coincidencia dictada por el azar o por Dios, dictada por la “segunda lanza”. Ahora ustedes tendrán el libro en sus manos y una relación de causalidad finalmente inexplicable les deparará alguna catarsis, no lo dudo, aunque sólo ustedes sabrán cuál será.

 

Por Juan Pablo Jáuregui

Escrito por La Mascarada

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