Retrato íntimo: Sueños de libertad (Historias del Gran Danés y la escritora)

Ladeé ligeramente la cabeza y dejé que las miles de gotas de lluvia acumuladas en el viso de mi sombrero negro, invisibles, cayeran como un torrente sobre el pasto que crecía exangüe frente al Río de la Plata.

Retrato íntimo: Sueños de libertad (Historias del Gran Danés y la escritora)

Las gotas irrumpieron en un terrible estallido sobre una caravana de hormigas que cargaba trozos de hojas en una tarea eterna y aburrida desde un árbol cercano hasta el hormiguero. Quizás aprovechaban los intentos que hacía el sol por calentar aquella tarde de invierno porteño.

El Gran Danés y yo habíamos salido a pasear aprovechando lo del sol, con los sacos gruesos tirados sobre los hombros, y porque mi partida estaba tan cercana que no necesitábamos planear nada en especial para sentirnos unidos. Caminábamos por las entrañas de Buenos Aires e inventábamos historias, tomábamos fotos juntos que luego repasaría hasta el agotamiento y soñábamos con hazañas oceánicas que nunca realizaríamos.

Ese día fuimos especialmente a ver los puentes colgantes que ya no se levantaban, para explorar la forma en que vivían los vagabundos allá abajo. Me preocupaba mucho que tuvieran que dormir a la intemperie a unos metros de las grandes avenidas. Era como si todos los camiones o equipos pesados pasaran por la sala de tu casa, le expuse al Gran Danés. —¿Te imaginas la contaminación pulmonar y auditiva de esta gente? —Dije sin sorna, como quien acaba de descubrir un milagro; un mal milagro. Pero el Gran Danés hizo triza mi argumento en segundos, asegurándome que ese era el menor de sus problemas. Así es que cuando nos adentramos en el drama de las hormigas, voluntariamente y al unísono decidimos olvidar esa otra tragedia que abandonamos bajo los puentes.

Las hormigas me miraban con pavor, éramos una amenaza latente. ¿Y si volvía a escurrir mi sombrero sobre ellas? El Gran Danés se tiró al suelo, sobre el saco y boca abajo, y trató de calmarlas. Les aseguraba, tratando de disimular la potencia habitual de su voz para no espantarlas, que la lluvia había terminado. Yo adopté la misma posición. Estuvimos largos minutos observando en silencio cómo retomaban la ruta, volvían a echar los pesados pedacitos de hojas sobre sus espaldas, y emprendían nuevamente una marcha letárgica hasta el agujero donde vivían. Detrás nuestro, el Río de la Plata intentaba mostrarnos su bravura y hacía aparecer y desaparecer los veleros que navegaban sus aguas. Pero la odisea de los barcos fantasmas estaba demasiado lejos de nuestras posibilidades de descubridores y también de nuestro ánimo de aquella tarde.

Retrato íntimo: Sueños de libertad (Historias del Gran Danés y la escritora)Saqué mi aparato de música y puse Symphonic Queen – The Greatest Hits, una selección sublime interpretada por la Royal Philharmonic Orchestra, que había estado escuchando mientras escribía o intentaba escribir mi nueva novela. Una reina medieval atravesaba, en su pocas páginas escritas, el tiempo hasta el siglo XXI, donde conocería y se enamoraría de la música de Freddy Mercury y lo haría venir a él también del pasado, porque quería que al terminar ese, su primer año en el presente, cantara para ella.

Las hormigas, tan lejanas de estos avatares literarios, fueron deteniendo su paso, no obstante, a medida que la música sonaba hasta quedarse petrificadas. —¿Escuchan? —le pregunté al Gran Danés, que por supuesto no tenía respuestas. Se encogió de hombros. Y para confirmar mis sospechas, las hormigas dejaron caer nuevamente sus cargas, sacaron sus lentes de sol, y se tiraron boca arriba en la yerba, con los ojos cerrados, supusimos, para escuchar a Queen. A la memoria de este genio musical se inauguraba por esos días un tributo en la ciudad, God Save de Queen, al que el Gran Danés prometió asistir cuando hubiera partido para contarme luego.

Con aquella muestra de sensibilidad de las hormigas, nos sentimos una especie de redentores, y pasamos la tarde junto a ellas. Algunas piezas tuvimos que repetirlas incluso a pedido de estos insectos laboriosos que por primera vez en milenios habían detenido la marcha inalterable del trabajo forzado. En el hormiguero, la reina estaría como loca, esperando la llegada de sus súbditos, suponiendo que se exponían a peligros extremos, cuando en realidad estaban poseídas por el infarto que resultaba escuchar a Queen. Habían cambiado a una reina por otra y eso, lo sabían, jamás sería perdonado.

Cuando la noche cayó, y el disco finalmente llegó a su fin, entablamos una conversación con nuestras amigas. Nos contaron su historia de trabajo esclavo, las malas fábulas que hacían ver a las hormigas como insectos mejores que los grillos, porque ellos desperdiciaban el día entero cantando. Soñaban con un futuro así, con la música y el ocio. Nos contaron de los frecuentes suicidios que tenían lugar cuando subían por los troncos de los árboles y, de pronto, sin aparente premeditación, aflojaban las patas y se dejaban caer de espaldas. Muchas veces no perdían la vida, solo se fracturaban alguna pata, y entonces al menos podían descansar unos días.

Hacía un par de siglos las hormigas se habían constituido en sindicatos y reclamado jornadas más justas, horas de esparcimiento y vacaciones pagadas, pero sus exigencias no habían conseguido grandes avances desde entonces. Vivian en una monarquía desde hacía 130 millones de años, y las órdenes de su reina eran indiscutibles. Era inocente pensar que algo podría cambiar para ellas, segregadas por toda la eternidad como obreras y soldados.

Tras escucharlas largo rato, el Gran Danés y yo empeñamos nuestra palabra en su rescate. Tendríamos que cavar un nuevo agujero, cosa que al Gran Danés no le resultó difícil hacer con su gigante pata delantera. Con esto les proveímos un nuevo hogar, lo más lejano posible del anterior. Y desde entonces les llevaríamos provisiones de comida y colchón para que pasaran el invierno sin trabajar. Serían las primeras hormigas reivindicadas de la historia. La libertad llamaba a la puerta de su hormiguero y entrañaba el comienzo de una revolución, de una nueva era para todas las colonias de hormigas del mundo.

Retrato íntimo: Sueños de libertad (Historias del Gran Danés y la escritora)

Desde aquella tarde las hormigas emancipadas pasan el día escuchando los vinilos que el Gran Danés grabó para ellas en formatos más acomodables al hormiguero: Aretha Franklin, el Polaco Goyeneche y las postreras canciones que compuso el propio Gran Danés en nuestras últimas mañanas de amor. Yo recibo cartas donde él me cuenta de sus intercambios con los insectos, las invenciones de la nueva colonia, y los sueños peregrinos de liberar a los billones de hormigas que cada día son esclavizadas a lo largo del planeta.

A veces, las historias llegan en misivas firmadas con delgados trazos de miles de patitas. Con sus rúbricas, las hormigas dan su consentimiento para realizar las ideas que el Gran Danés sueña para ellas y, de paso, para que yo pueda publicar sus cartas invencibles, su historia de ignominias y su presente reivindicativo y feliz.

 
Por Gabriela Guerra Rey
 

Escrito por Gabriela Guerra Rey

Escritora y periodista cubano-mexicana. Reside en México desde 2010. Autora de 'Bahía de Sal', premio Juan Rulfo a Primera Novela 2016 (Huso, España, 2017, Huso-Hiperlibro, México, 2018). Recientemente publicó 'Luz en la piel. Cinco voces de mujer' (Huso, España).

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