Encuentro con Schopenhauer, mi tutor no directo

La existencia no es más que un episodio de la nada.

 

Encuentro con Schopenhauer, mi tutor no directoVagaba entre los senderos habituales de una mujer, me creía incomprendida ante la mirada acusadora de la gente, me temía a mí misma por ser tan exigente con el término de mi existencia, no comprendía el hecho de mi tedio constante, ni por qué la insatisfacción prevalecía ante cualquier instantáneo momento de alegría. Tiempo después, y años más tarde, en una pesada angustia busqué entre páginas de venenos y formas de morir, la más eficaz para dar fin a mi sufrimiento. Entre la tristeza, y un leve hilo de voluntad por continuar viviendo, busqué una solución más inteligente: la de los filósofos, que me ayudó a comprender mi existencia terrenal y sopesar lo que ya era pura esencia mía.

En el trayecto de mi búsqueda vi un libro negro, me llamó la atención su desgastada y blanda pasta, lo tomé sin leer el nombre claramente, parecía una mezcla de letras, los nombres alemanes tienen esa particularidad de ser sumamente difíciles de pronunciar. Tardé minutos largos de vuelta a casa, ¿Schope, Schipin, Chopenhatuer, Schop… qué? Lo odié, llegué a tener rabia por gastar mi dinero en aquel libro de nombre impronunciable, y a quejarme por no comer algo que me gustara; aquel día dejé el libro en mi habitación, y salí de nuevo, alrededor de las 6:00 pm, a quejarme de mis circunstancias. Veía gente feliz, como es habitual cuando una está  desahuciada, en sentido existencial y emocional.

Se hizo de noche, y, como si fuera poco, al regresar a casa se había ido la luz por todo el barrio.

—¿Y a ahora qué hago?, no tengo ganas de dormir y mucho menos de quedarme viendo esta nada llena de oscuridad, entonces pensé que era ya tiempo de darle la cara a ese tal Schope no sé qué cosa. O me aprendo el apellido, o leo a ver qué tanto sabe él de suicidio. Comencé la primer parte ojeando y encontré algo que decía:

Los esfuerzos incesantes para desterrar el dolor no consiguen otra cosa que variar su figura: ésta es primordialmente carencia, necesidad, cuidados por la conservación de la vida. Al que tiene la fortuna de haber resuelto este problema, lo que pocas veces sucede, le sale de nuevo el dolor al paso en mil otras formas, distintas, según la edad y las circunstancias, como  pasiones sexuales, amores desgraciados, envidia, celos, odios, terrores. Ambición, codicia, enfermedades, etcétera. Y cuando no puede revestir otra forma toma el ropaje gris y tristón del fastidio y el aburrimiento, contra el cual tantas cosas se han inventado. Y aunque se consiguiese alejar éste, difícil sería que no volviese en cualquiera de las otras formas para empezar otra vez su ronda; pues entre el dolor y aburrimiento se pasa la vida.

Después de haber leído tal barbarie, llena de resignación, no supe en realidad cuánta razón tenía, no supe entender que la felicidad no era una senda a la que se camina para encontrarla, me costó de una manera indescriptible que este hombre pudiese ser quizás un poco cobarde, o tal vez demasiado sabio; soportar las inclemencias de la vida, un tedio incesante, una estructura angustiosa del alma de la cual era casi imposible salir, ¡era así!, la vida de cualquier forma era así, una resignación con voluntad de continuar resistiendo a esa “representación”,  la vida no era más que una insustancial tristeza, abrazada al hombre como la hiel del invierno, o como el sudor en el verano.

Encuentro con Schopenhauer, mi tutor no directo

Durante varios días seguí leyendo, haciendo anotaciones sobre palabras, sobre frases que retumbaban una y otra, y otra vez en mi cabeza, comencé a comprender ciertas posiciones y a hacer el análisis concreto de mi vida, una vida que llamaba desastrosa, una vida que me había impedido “ser feliz como cualquier otro”. Según yo la humanidad era más feliz que yo, todos tenían una madre de la cual quejarse, o vanagloriar, o embellecer con palabras, yo solo tenía la soledad, y mucha gente a mi alrededor que asumía en mí una desesperación inconcebible, como para tener siquiera vida, “el milagro de estar vivo”, ¿y qué era entonces mi vida?, no soy más que una existencia banal como cualquier otra, que se pasea de aquí para allá, o termina en una vacío en el lecho de su cuarto.

¿Y la vida exterior? La vida exterior era más aterradora aun así. En el auge de la primavera árabe, el radio sonaba con más noticias preocupantes: miles de niños muertos, muchos huyendo, un ejército en contra del régimen de Bashar Al Assad, luego África con los mismos problemas de siempre; desnutrición, falta de agua, muerte y más muerte. A su vez Colombia en una fuerte desesperación por acabar con la guerra; secuestrados, violencia dentro de la sociedad… y el mundo víctima de su propio invento. Conforme a esto busqué e indagué: resultaron ser tan ciertas las palabras de quien empecé a considerar mi maestro, en su época había casi las mismas crisis. “El hombre no puede vivir sin estar en guerra”, dice mi padre. Tal vez aquéllas eran las mismas que existen ahora, quizás más profundas, más aterradoras y menos conocidas, sin embargo todas con el precedente de lo injusto, de la putrefacción y la muerte prevaleciendo contra cualquier momento minúsculo de alegría. La sociedad desvaría en su forma continua de vivir, y se trata de comprender que somos la realidad de un hastío carente de alegría, de una existencia llena de dolor, como un círculo vicioso que jamás termina.

Y no, no me volví más triste que antes, no renuncié a la vida como lo pensaba hacer. Dadas las ideas de mi maestro Schopenhauer —aprendí su apellido— también aprendí que la forma de acabar con aquel sinsentido no era el suicidio, sino el entendimiento, de mi puro y absorbente tedio de realidad. Ahora creo que somos un círculo de no acabar con los problemas. El ser aprende viviendo entorno a los líos de la cotidianidad que es capaz de resolver o de asumir. Sin tristeza y sin dolor no seriamos una esencia que tiene por voluntad vivir la representación de lo que es la vida, incluso aunque después la muerte ha de triunfar necesariamente de nosotros, porque le pertenecemos por el hecho mismo de haber nacido y no hace en último término sino jugar con su víctima antes de devorarla.

 
Por Sarah Pardo Del Río
 

Escrito por La Mascarada

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