La paciencia cósmica y el mito de James Joyce

Adrián Soto y Alfredo Lèal conversan sobre La paciencia cósmica. Cuatro ensayos sobre Joyce, libro que Lèal tradujo para la colección Pequeños grandes ensayos de la UNAM.

  • ¿Podrías comentarnos brevemente cómo se efectuó tanto la selección del autor como de los ensayos para presentarlos a la colección Pequeños grandes ensayos de la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM?

La paciencia cósmica y el mito de James JoyceDespués de haber participado como traductor en una antología de autores francófonos de las últimas tres décadas para el Centro de Documentación de Literaturas Francófonas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM con la Dra. Laura López Morales comencé a interesarme de manera personal en las Literaturas Francófonas. En realidad no tenía un criterio de selección: simplemente empecé a leer a autores de Québec, de Madagascar, de Líbano. Lo que me cayera en las manos. Y fue el caso de Mercanton: en la Coordinación del Colegio de Letras Modernas, donde imparto clases, los profesores tienen el hábito de compartir libros que ya no utilizan, los cuales dejan al lado de la ventana para que alumnos o profesores los tomen. Una tarde encontré el libro de Mercanton sobre Joyce. Del autor suizo había leído una novela y no le conocía la faceta de ensayista. Desde la primera lectura, que me ayudó mucho a entender aspectos de la obra de Joyce en los que no me había fijado antes, me di cuenta de que tenía que compartir esos ensayos. Como lo digo en el prólogo, el criterio de selección de los ensayos fue un intento por resumir lo que Mercanton dijo sobre el irlandés representado en textos que no se conseguían hasta antes de La paciencia cósmica en español.

  • Debido a las características de esta colección, algunos de los textos que Jacques Mercanton escribió sobre Joyce no pudieron ser incluidos en el libro, ¿podrías ahondar al respecto?: ¿qué ensayos quedaron fuera?, ¿cuáles fueron los motivos que impidieron su publicación?, ¿sobre qué temas trataban?

Los dos ensayos más importantes que no se incluyen en el libro son los que ya habían sido previamente traducidos al español: “Ulises” y “Las horas de James Joyce”, sobre los que hablo en el prólogo. Restan solamente dos: “Un paseo con James Joyce” y “Presencia de Joyce”. El primero es un ensayo de corte autobiográfico en el que Mercanton narra, casi como si de un cuento se tratase, una conversación con Joyce, entre cuyos diálogos intercala algunas reflexiones sobre su persona y su obra que desarrollará más a fondo en los ensayos incluidos en el volumen. Lo interesante de ese ensayo es precisamente el carácter diálogico de la reflexión, la cual, puesta en el plano ficcional, parece irse forjando a medida que Mercanton y Joyce pasean, a la manera de una prosa baudelairiana o benjaminiana incluso. El segundo, “Presencia de Joyce”, trata el problema de la recepción de la obra de Joyce en el mundo francófono, con especial atención al caso de Francia, donde André du Bouchet traduce, o, como dice Mercanton, adapta a Joyce, cumpliendo lo que Mercanton llama una “tentación de gran mérito”. Este ensayo en particular es interesante en el aspecto práctico-traductológico pero traducirlo hubiera planteado el problema de la traducción de otra traducción, un juego, me parece, más propio de otro tipo de discurso ficcional, quizá más cercano a la novela.

  • ¿Cuáles fueron los principales procedimientos que guiaron tu proceso de traducción?

En principio, la lectura atenta, comentando al margen los aspectos que me parecían destacables y las que, me parecía, serían dificultades de traducción. Luego ese extraño verter el texto en el documento en blanco, comenzar a re-escribirlo en otro idioma, en otra lengua, subrayando las frases que no estaban ni en uno ni en otro extremo, es decir, ni en el texto/lengua fuente ni la lengua/texto de llegada. Finalmente, las correcciones detalladas, que nunca son suficientes y que a veces obligan a rehacer todo un párrafo. Un trabajo, digamos, de carácter volitivo pero, al mismo tiempo, con cierta dosis de resignación.

  • Desde tu perspectiva, ¿qué aportaciones ofrecen los ensayos de Mercanton sobre la narrativa de Joyce al contexto de la novelística mexicana?

Creo que la principal aportación tiene que ver con una reivindicación de ciertos temas que no necesariamente se asocian con la obra de Joyce, como son el cristianismo y la búsqueda de una perfección estética trascendente, de una especie de trans-estética, por llamarla de alguna manera. Aunque parecen dos polos opuestos, Mercanton nos permite acercarnos mediante una dialéctica entre ambos, cristianismo y estética, a esa obra que parecía inaccesible, reservada a unos cuantos eruditos, o que se veía así al menos desde el mito que se encargaron de construir los novelistas y ensayistas de mediados y finales del siglo XX en México y en Latinoamérica (Elizondo y Piglia, por ejemplo). El Joyce de Mercanton es un Joyce que se basa en un principio fundamental del siglo XX: el trabajo como la única fuerza capaz de modificar las estructuras y, al mismo tiempo, de ser modificada por éstas. Es casi un Joyce flaubertiano, con la diferencia de que ese trabajo no siempre es tangible en la página que el lector tiene delante suyo. Son las claves, pues, para descifrar a ese Joyce accesible, escondido detrás de las formas del trabajo y del trabajo como forma, las que nos intenta dar Mercanton. Pero, insisto, sobre todo la certeza de que Joyce es legible, de que es posible acercarnos a él. En este sentido, si consideramos la importancia que tiene la otra versión, la aceptada incluso académicamente, de Joyce, la lectura de Mercanton es posmoderna avant la lettre: se trata de la caída del gran relato “Joyce” que nos hicimos en Latinoamérica y con el que la novelística mexicana (a excepción de Fernando Del Paso) no ha querido o no ha podido dialogar de igual a igual.

  • ¿Qué relación encuentras entre esta labor como traductor y tu propia producción narrativa?

Hay puentes, sin duda, aunque no sé qué tanto tienen que ver directamente con la narrativa en específico. Me parece que la labor de traductor es mucho más inmediata, mucho más limpia, digámoslo así, de ciertas estructuras narrativas que, para bien o para mal, deben respetarse a la hora de construir un relato que, de otro modo, no sería tal. Traducir se parece más bien a escribir, simplemente, sin saber para dónde va el texto o, mejor dicho, pretendiendo que no sabemos hacia dónde va el texto y hacia dónde vamos con él. Ahora bien, en este sentido, la traducción implica recorrer un “relato” a la inversa, leerlo de adelante para atrás, del final al principio, y esto de un modo radicalmente distinto al de la crítica, pues, mientras el crítico trata de dejar su huella en el texto, de hacerlo suyo (tal vez ese sea el problema de la crítica: que le es imposible separarse de los regímenes de propiedad) el traductor intenta todo el tiempo desaparecer, igual que ciertas modalidades de narrador o incluso que el trabajo necesario para construir un personaje. Habría que ahondar en esta relación “narrativa-traducción” justamente por ese lado del trabajo al que se refiere Mercanton cuando habla de Joyce.

 
Por Adrián Soto
 
La paciencia cósmica y el mito de James Joyce

Escrito por La Mascarada

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