Los colores negros del dado verde: Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (onceava parte)

En enero de 2016, visité una de las costas de México. Tras una semana de estadía en lo que llamé, en mis cuadernos, “Isla Tortuga”, o, inclusive, “Tortuga Azul”, regresé a la Ciudad de México para comenzar la redacción de un cuento en la medida en la que mi memoria estaba todavía palpitante y viva, y las marcas y signos sobre ella todavía no se borraban. Más tarde, apuré notas de lo que sería “el segundo capítulo” de ese cuento entendido como el primero de una novela posible. Más tarde, quiero decir, algunos meses después, tuve ocasión de volver sobre ese par de cuartillas con que había apurado el esquema del segundo capítulo y, en cuestión de semanas, uno de cuyos días escribí 13 horas seguidas (volvería a hacerlo, más adelante, ya no frente a la computadora, sino frente a hojas bond, en este caso con notas de poesía), tenía ya un esquema de novela en mis archivos de 2016, aún. Como sea, cuando regresé, meses antes de eso, del viaje a Tortuga Azul (Isla Tortuga), me confesé ante la diosa de la escritura:

            —Yehu —le dije—, ¿qué soy yo sino poco más que un guiñapo, al constatar, tras mi partida, y ya a mi regreso, que, como dicta el dicho, ¡ay!, la realidad supera a la ficción? ¿Podré, ¡dímelo, diosa!, volver a escribir tras observar que la narración pura es posible, si estoy constreñido a este escritorio, sin muchas fiestas a las que llevar mi mezcal?

Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (onceava parte)

Así, pasaron tres, cuatro semanas sin que yo tocara el plástico de mi pluma, la madera de mi lápiz, las teclas de la computadora, o, aun, el metal de mi pluma (me pregunto en qué momento el escritor hablará de sus plumas y no ya meramente de su pluma). Durante esas tres, cuatro semanas, pues, no seguí hilo alguno que llevara de una palabra a otra por ambos extremos. Mas fantaseé, ¡oh, dulce delirio!, durante esas cuatro semanas. En mi fantasía, vivía yo en una isla. De hecho, en la isla, vivían, junto conmigo, 20 escritores más. La fantasía consistía en que cada quien tenía una habitación, y en su habitación había una puerta, que sacaba a exactamente esa mismísima playa, pero poblada de gente. Los escritores vivirían allí una semana, fungirían como observadores (de un hecho por ocurrir, latente, posible, sí, quizá, con la suficiente atención y aplicación…) y regresarían al cabo a la isla-isla, a la playa-playa, vamos. Entonces, igual que en El Decamerón, se leerían, tras una semana de trabajo, el resultado, durante la tercera semana contando desde la de la visita “a la playa”, y no ya nada más se lo contarían unos a otros, como sucede en el libro de Boccaccio que hacen todas esas fadrines (la dulce Filomena, entre ellas) y todos esos galanes. Así, la tercera semana, como digo, sería la del festival de lectura. La segunda, la de redacción. La primera, la de trabajo de campo. Y la cuarta, para cerrar el mes, ¡de trabajo de campo!, pues los meses durarían tres semanas… Pero no, algo fallaba con el objeto de mi fantasía, no me satisfacía del todo; quizá haciendo un arreglo… Sí… Era posible, después de todo… Sí: definitivamente la cuarta semana sería objeto de ocio y recreo. Así, al contarse tres cuartas semanas, quiero decir, a la cuarta-cuarta semana, podría llevarse a cabo un segundo festival: el de los poemas escritos durante esas cuartas semanas.

Mi sistema, pues, funcionaba a la perfección, a las, incluso, mil perfecciones, y yo me regocijaba en sus imágenes y acontecimientos, tanto nimios como si acaso escasamente heroicos o muy heroicos, aun. Entonces abrí un archivo. Comencé a redactar un Decamerón “a la mexicana”, pero en cierta medida en un estilo mexicanohelenístico, estando como estaba mi discurso redactado en un tono morigerante (la prerrogativa del escritor es la de elegir su tema y el tono de su tema) que, en cierta medida, trataba de imitar la voz doria, de modo tal que fuera pasando, imperceptiblemente, a la frigia, voz doria tal de la que acaso la máxima enunciación ha sido redactada por Sinesio de Cirene, aun cuando tanto Aristóteles como Platón también hayan tocado la materia.

En la página final de la Política, Aristóteles, dice, en efecto, que:

Sócrates, en la República, no tiene razón al dejar sustituir sólo el modo frigio con el dorio, y eso que había rechazado la flauta entre los instrumentos, porque el modo frigio ejerce entre los modos exactamente la misma influencia que la flauta entre los instrumentos: uno y otro son orgiásticos y pasionales. […] Respecto al modo dorio todos reconocen que es el modo más grave y es el que mejor expresa un carácter viril. Además, puesto que alabamos el medio entre los extremos y declaramos que es preciso seguirlo y el modo dorio ocupa esta posición natural en relación a los otros modos, es manifiesto que las melodías dorias convienen preferentemente a la [lectura de los lectores] *la sustitución del sintagma “educación de los jóvenes” es mía.   

 

En cuanto a la República, el extracto es como sigue:

—Algunas armonías jonias y lidias son consideradas relajantes.

—¿Y podría empleárselas ante varones que van a la guerra?

—De ningún modo; y me temo que no te queden ya más que la doria y la frigia.

—De armonías yo no sé nada; pero déjanos una con la cual se pueda imitar adecuadamente los tonos y modulaciones de la voz de un varón valiente […] También piensa en otra armonía con la cual se pueda imitar a quien, por medio de una acción pacífica y no violenta sino atenta de la voluntad del otro, lo intenta persuadir y le suplica: con una plegaria a un dios, con una enseñanza o exhortación a un hombre; o a la inversa, que se somete a sí mismo al intento de otro de suplicarle, enseñarle y persuadirle, sin comportarse con soberbia tras haber obtenido lo que deseaba, sino que en todos esos casos actúa con moderación y mesura y se satisface con los resultados. […]

—Pues las que pides que nos queden no son otras que las que acabo de mencionar.

 

Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (onceava parte)Cualquier mujer tiene derecho a ofenderse cuando alguien le chifla en la calle. Lo sé, porque ahora que soy un panzón decadente de 28 años que intenta aprisionar lo que fue su musculatura no mediante el ejercicio sino mediante prácticas alquímicas, añoro ese día a mis 19 años en que me mostré, finalmente, satisfecho frente al espejo, y el espejo, aunque no me chiflara, se burló, con sonrisa sarcástica, de mí, despertando mi pánico; pero volvamos a lo de los chiflidos. Por aquellos días, ostentaba yo un cuerpo atlético (podía trepar una barda enmarañada en segundos, y una vez me golpee con un árbol por efecto del impulso con el que corría), y en una ocasión en que me dirigía a la universidad, dos metiches, insoportables, malditos y burlones pájaros descendieron a mi altura y sobrepasaron veloces mi espalda y mi vista frontal, al tiempo que emitían un emparanoiqueante fiu fiu, cada uno como compinche del otro. Este sonido del pájaro que se burla del joven atleta, ha sido, en mi imaginación, ese tal modo frigio que Aristóteles emparenta con una flauta y, específicamente, con los tonos agudos de la misma, que en algo se parecen a los canturreos de los pájaros, con cierto grado de explosividad orgiástica, y es que la flauta, el pájaro (el pico) y la máscara (orgiástica) han estado emparentados desde siempre.

Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (onceava parte)Cuando era niño y meditaba en el escusado, solía imaginar, dedicándome a hacer dibujos alusivos como hacía, que me mataban en la guerra, y que, cosa extraña, de mis testículos salían un par de gallinas. En mi imaginación, había un soldado en segundo plano, muerto, y una o dos gallinas blanca y negra en primer plano. Acabo de descubrir, y aunque un día decidí deshacerme de las carpetas de 2008, 2009, 2010, 2011, 2012 y, parcialmente, 2013 (es decir, de más de la mitad de mi historial escrito desde que tengo una computadora), un disco en donde están, intactos, los archivos de 2008 y 2009. No me he atrevido a revisarlos, pero un día, de 2009 precisamente, en que escribía sentado a la computadora, lo diré literalmente pues ya pasó el tiempo en que creía en los secretos, mientras escribía, digo, con el estilo de aquél entonces, una extraña historia, específicamente, de un momento en que un caminante veía a dos pájaros sobrevolar en círculos su cabeza, yo, del otro lado del escritorio, sentí inmediatamente una extraña forma sutil de la violación, si es que he leído correctamente a San Juan, ahí donde: y fuiste reparada / [allí] donde tu madre fue violada, extracto extraño del “Cántico” en su arquitectónica sutil hermosura. De pronto, la sombra de una mano movió en círculos mis huevos (claro que me avergüenza decirlo, pues padezco cada vez menos la psicología de la creencia en Dios) y yo, al sentir mis testículos ser movidos por la cariciante sombra de una mano, de hecho, escribí, lo recuerdo perfectamente, la palabra “cariciante” en mi computadora, y una voz interior se burló de mí: ¡¿cariciante?!, demandó. Como sea, yo seguí, pues, escribiendo, y esa sensación me subió a la cabeza: al instante la habitación destelló en su luz, sentí como si un anillo girara en torno mío, y supuse que ese era el estado ideal de la escritura, y, más estúpidamente aún, me aventé yo creo que seis cuartillas apocalípticas (he descubierto hace poco que son nueve), ignorante de que estaba escribiendo sobre lo que Octavio Paz llamó “la carne viva del presente” y de que yo habría de recorrer episodio a episodio la maqueta del ensueño (la pesadilla) postulado por escrito.

Hace poco, comprendí algo: tenía yo razón al pensar que ese era el estado ideal de la escritura para llevarse a cabo, algo así como la puesta en escena de la Fenomenología del espíritu, un texto en el que se propone que el discurso (y por ende, ¿la realidad?) puede entroncarse con un momento de su desarrollo tal que implique la subversión de los términos sobre los que está afincada su lógica inherente haciendo plausible la trascendencia, en una autotransformación (en una autotransformación textual) progresiva y lineal dirección arriba, texto que tan macarrónicamente (si se pudiera decir del alemán que está redactado macarrónicamente, y no ya del latín) redactó un Wilhelm Friedrich Hegel inexperto ante los grados sucesivos de precisión que la filosofía le exigiría concretar a sus escribanos. Y comprendí algo más: cuando me ocurrió a mí, no estaba preparado para usar esa carga de realidad escritural convenientemente así fuera en beneficio “de la escritura” y no ya de mí mismo. Y comprendí, finalmente, algo más: la hipótesis en concreto de la posibilidad de esa experiencia, es decir, cómo es posible producir la experiencia, hipótesis que, como comprenderá el lector, debido a fines egoístas míos, no puedo hacer pública, además de que querría reservársela a quienes tengan el ánimo de extraer una lección de lo que supongo es la alegoría neta máxima de cierto tomo reputado como perteneciente a la Historia Universal de la Literatura, redactado en árabe clásico, en el siglo XI, y que urjo a esos ambiciosos escritores jóvenes a consultar cuanto antes. Cosa extraña: mi edición, de 22 centímetros de largo, 16 de ancho, letra de 0.1 centímetro de largo y 0.1 centímetro de ancho, y con, por supuesto, poco más, poco menos de 1000 páginas redondas, me causa una fascinación tan intensa como la que le causaba a Ulises el canto de las sirenas.

Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (onceava parte)

Como en el cuento del espejo que retrataba al observador en su sexo opuesto, un grado de realidad escritural todavía más fascinante, pero que hace del escritor un facineroso, es ese momento glosado por la suspicacia creacional en el que tras destapar un par de cervezas en la casa de una mujer que me preguntó, la última vez que la vi, sobre el desenvolvimiento amoroso de un conocido de nosotros dos, a lo que respondí que andaba con alguien que no se parecía, pero era del tipo de cierta amiga suya, así como ella, le dije, era del tipo, pero no se parecía, a la mujer que a mí me gustaba, puedo entrever las condiciones de posibilidad de la experiencia, como las llamaría Kant, de la coordinación de la coincidencia con base en un orden narratológico que, como en el caso del tomo del siglo XI, sea algo así como una alegoría. Las veces en que no desenrollo mi lengua, con ella, como un Descartes diletante para llegar a mi escritorio a tratar de reproducir por escrito lo que ya dije por medio del habla, sino que me limitó a “participar en el juego”, se sucede de un modo escalofriantemente posible, y yo, cuando, al levantar la cortina del texto, y ver que la escena me dice: “Sí: es correcto: sólo tienes que escribir, ¿sabes?, y la experiencia se llevará a cabo”, obviamente me lo pienso (ya no tengo 19 años, ni me muero de ganas de ver The Devil and Daniel Webster, y, precisamente, así, pensándomelo, fue como interrumpí la escritura de lo siguiente:)

Era completamente un fiasco: el mismo conjunto, la misma visión paradisiaca, la misma extensión de tierra en la que había en una de las esquinas una pequeña tienda de comida o lo que fuera, y limitada por el contorno de luz enfrente del que estaban esas cosas, y la parte trasera, en donde brillaba el cielo, era tan sólo el aspecto del lugar visto desde detrás de la persiana.                           A lo largo de por lo menos uno o dos años, había estado mirando ese lugar; tres años, cuatro, hubiera sido distinto: había tomado fotografías, hecho anotaciones, me había acercado incluso dentro de la tienda para hacer más  fotografías y anotaciones.

El día comenzó temprano, desde el principio, una serie ordenada de sonidos me anunciaron la proximidad de su comienzo al despertar, y de inmediato vi en la ventana un insecto más o menos grande.- Me levanté, preparé café, me senté a revisar en la pantalla la información del proyecto (nadie, qué yo sepa, por proyectos en manos inconmensurables aun, desarrolló el Único Proyecto) y encontré el cuerpo completo de aquello con lo que el día anterior sabía me encontraría. Los documentos estaban intactos. Era un alivio no tener una memoria obsesiva sobre lo escrito, tanto como gustoso tener un método para que todo estuviera en su lugar; los documentos eran copiosos, si es que se le puede llamar “copiosa” a la cifra de tres.                                                                                             Repasé el material. Ese día… en la mañana, según mi costumbre, entre la regadera y el café, arrojé mis dados. Había salido un impecable

Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (onceava parte)En hebreo, ´vida´, se dice ´vidas´, como agua o cielo; en alguna ocasión, fantaseé, en español (“esfaradit”, en hebreo), con una vida en Wethersfield después de mi muerte, e hice algunos dibujos al respecto; la idea estaba tomada de la vida de la taxista (Winona Ryder) en Una noche en la Tierra, de Jim Jarmusch; a esa loca fantasía de overoles, grasa, gasolineras y fajos de billetes, además del entretenimiento infantil en la colección de juegos o colecciones de alacranes, le sumé, en mi avaricia y ambición, una segunda siguiente vida (para entonces recordaría mi vida mexicana, y mi vida gringa): la del típico escritor obsesivo y dibujante japonés metódico que trabaja 6 horas diarias sin interrupción en un lugar de vivir hiper-pulcro y ordenado. Me regocijaba en esa posibilidad. Todo terminaría con una (cuarta) vida, en Israel, donde me convertiría en un escritor, uno de esos típicos intelectuales de Tel Aviv, el judío ateo que, sin embargo, conoce a profundidad a Dios. Vino a mi rescate ese tal חיים, o “vidas” de que hablo. En tres semanas, viví tres vidas, y, más importante aún, resté de mi fantasía post-mortem la vida en Wethersfield, y diferí la de Japón como el plano meta-empírico de mi próxima vida en Israel, que ocuparía su lugar, y en la que las lenguas que conocería estarían dadas por el equívoco de mi profesor de hebreo de haberme regalado un llavero de Israel con inscripciones en ruso: nacido de madre rusa y padre argentino (porcentualmente, el país de habla española donde hay mayor número de judíos), aprendería, como casi todos en Israel, inglés, como muchos en Israel, ruso, como considerables en Israel, español, y como todos en Israel, hebreo. En la universidad cursaría dos semestres de árabe, como todos. Durante mi vida japonesa recordaría esas cuatro lenguas, y los rudimentos de la quinta (algo así como aprender francés para nosotros, del mismo modo en que aprender arameo es como aprender italiano) a las que les sumaría la lengua de Takeda Harunobu. Sin embargo, había algo en el objeto de mi fantasía que flaqueaba: esas tres semanas en que viví tres vidas habían menguado el deseo de la inmortalidad a plazos, y habían afincado en mí el deseo de la inmortalidad absoluta, en el mismo contorno del ser que me define. Ya tendría algo que hacer con a) el inglés, b) el hebreo y c) el español que uso a) para hablar con extranjeros que lo hablan tan imperfectamente como yo (sin ocasión para decir unwittingly), b) para hacer de mi experiencia cotidiana y apurada a un interlocutor una parábola de sabiduría mínima necesaria como para saberse hablante de hebreo (sic.), y c) para escribir, al contrario de lo que rezó Huidobro. Así, reclamaría no ya el imperio del sol naciente a mi deceso, sino esa misma Tortuga Azul (Isla Tortuga) con que abrí este penúltimo cuaderno, y no ya con 20 escritores en ella, sino, como reza la serie de televisión, 8 personas, ¡pero, oh, por Dios!, no me refiero a 8 personas que nacieran el mismo día que yo, sino a cada una de las 8 personas a quienes representan cada una de las letras de mi nombre; ah y otra cosa; en la isla habría otras personas, con 6 (y/o 3), 8 (5), 7, 4, 8, 5, 4, 6, 4 (y/o 4) acompañantes cada uno, historia ésta de las letras del nombre, que, de hecho, yo escribí muchísimo tiempo antes (2013) de la postulación televisiva de intelectuales gays que se arrodillan en una iglesia en Navidad en México, y donde ñoñas drogadictas islandesas se entregan a policías gringos y no se entregan a fuertes actores de telenovela mexicanos, también gays. En la Isla, pues, viviríamos 62 personas, posiblemente no sólo escritores, pero 9 escritores de cualquier manera, más todos aquellos a quienes no he contado (por lo menos 10 personas más con todos sus nombres).

He corrido, y he llegado sudoroso a donde corría, con la respiración agitada, tras escribir este texto, a la casa de esas personas. Les he preguntado si les gustaría vivir 3000 años, o, en su defecto, indeterminadamente en el tiempo, en esa isla. Me han visto, como quien atrapa un frisbee, ladeando la cabeza, y han dicho: Pero, es mucho tiempo, ¿no? Tras horas enteras de discusión (24) los he convencido de que todo estará provisto para hacer que 3000 años se sucedan en un soplo, y hasta me han dicho, ya emocionados: Y después de eso, ¿qué? La respuesta a esa pregunta, intenté responderla con un texto de 30 cuartillas que titulé, en mis archivos “darle a la caza alcance” (otra vez San Juan) toda vez que me haya dispuesto, desde lo de Tortuga Azul y desde hace un par de meses, a apurar por escrito también el objeto de la carga de fantasía en la antesala del sueño con la que pretendo producir algún tipo de felicidad subjetiva, historia ésta de las 1001 adaptada, que será, en la próxima y última entrega de mi columna, con la que cerraré “Los colores negros del dado verde”.

 
Por Jerónimo Gómez Ruiz
 

Escrito por Jerónimo Gómez Ruiz

Jerónimo Gómez Ruiz dice haber, una mañana, al salir de la “sinagoga de los escritores”, tras apurar en un restaurante, ubicado entre carpas, unos huevos a la mexicana y un jugo de nopal, leído su propio nombre entre las páginas, su propio nombre entre los libros.

Loading Facebook Comments ...