Paterson, el arte y el ritmo de las palabras

Paterson, el arte y el ritmo de las palabras

Alguna vez leí que Yves Tanguy, ya de cierta edad, vio, como llevado por la mano del azar, un trabajo de Giorgio De Chirico. En ese preciso momento Tanguy decidió dedicarse a la pintura, sin conocer detalle alguno de la técnica de dicho arte hasta ese momento. Imagino que el protagonista de Paterson, en sus antecedentes no narrados, habrá tenido un instante de revelación como el del pintor francés, y la obra que él contempló debió ser algo de William Carlos Williams. El nexo que el film postula con el poeta norteamericano no es ningún tipo de alusión snob, por el contrario, la película se conecta, desde su estructura, con la poética del escritor, cuya figura se convierte en importante motivo de este trabajo de Jim Jarmusch.

Como en el precedente film de Jarmusch, Only Lovers Left Alive (2013), el arte juega un papel central, pues si Adam y Eve tienen la música del primero, la amistad de Christopher Marlowe, el adagio de Schubert y los versos shakespearianos, aquí algunos poemas de Ron Padgett y William Carlos Williams son paratextos tremendamente sugerentes que retratan los procesos y las preocupaciones de Paterson, personaje bastante lacónico, de cuyas aspiraciones y deseos sabemos muy poco, a excepción justamente de su interés en la praxis escritural. Asimismo está Laura ―pareja del protagonista―, cuyo nombre se menciona sólo una vez, y solamente a propósito de su vinculación con la musa de Petrarca. Ella, por su parte, desea ser cantante y el film nos muestra también el relato de su iniciación musical.

Otro nexo con Only Lovers Left Alive es la presentación de un aparente mundo particular e íntimo trazado por la pareja y cuyo núcleo es también el arte, una especie de “amor artístico” que recuerda al de Adam y Eve. Si ellos sufren diversas peripecias a causa de la hermana menor de Eve, Paterson y Laura, rumbo al final de la película, tendrán asimismo cierto revés debido al tercer individuo de su familia: en este caso el perro Marvin.

Paterson está sumamente ligado a su ciudad (desde su nombre) y mediante su trabajo como conductor de autobús conoce y es conocido indirectamente por diversos habitantes, de los cuales escucha algunas conversaciones, hasta que sus voces se difuminan y su mente viaja al terreno de la poesía.

A pesar del tinte monótono de su vida, la existencia de Paterson tiene un matiz interesante, el cual consiste en la presencia de ciertos materiales simbólicos que destellan ante el fondo de lo cotidiano y sirven a su proceso creativo, o, quizá, se trate de un procedimiento inverso donde Paterson construye su experiencia a través de aquello que su mente ha gestado y que recurrentemente termina en su libreta secreta. El asunto de la libreta es ya casi un tema, abordado, por ejemplo, con gran maestría por Josefina Vicens en El libro vacío (1958) y al que Jarmusch no desmerece y hace una gran aportación.

Ante la terrible pérdida de sus poemas, Paterson, a modo de consuelo, y para mitigar los sentimientos de culpa de su mujer, afirma “sólo son palabras”. En una charla reciente con la escritora Julieta Lomelí, quien me recomendó este film, tocábamos el tema del exceso de significado y significación que tan frecuentemente portan las palabras bien elegidas, empero, la capacidad de apreciar esa riqueza a veces no se encuentra dada a todos, suele ser uno de esos dones propios del artista, quien, como el flâneur baudelairiano “convierte en oro el barro de la ciudad”. Finalmente, un encuentro que pareciera predestinado, y un breve intercambio de palabras, bastan a Paterson para reanudar su oficio, su otro oficio. Él tiene la facultad de atisbar los detalles en la compleja panorámica del mundo moderno. Todas esas coincidencias y guiños del destino que la película presenta son producto de la suprasensibilidad del poeta.

Paterson ofrece un observatorio para contemplar el milagro de la creación artística, pues, esa estructura que nos otorga el relato de las jornadas del protagonista ―de un lunes a otro― tiene por objeto mostrar que la opacidad de lo cotidiano puede ser transmutada por el arte poético.

 

Por Diego Mejía

 

Written by Diego Estévez

Tradujo 'La corrupción del alma' de Italo Svevo (UNAM, 2016). Miembro del colectivo Poetaretusei432, afincado en Siracusa. Forma parte del equipo editorial de la revista Senderos Filológicos del IIFL.

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